jueves 31 de julio de 2008

De colores, no somos... deberíamos.

Es más, a veces es preferible no recordar lo que uno sueña porque el día se raya más que CD en reproductor equivocado. Agrégale unas rayas a la panza de burro. ¡Sí, al cielo! verás que es una panza rayada. ¿Qué diría Valdelomar si ve a su Lima con panza de burro rayada? Seguro se alegraría porque rompería con lo cotidiano. Es más, hasta nuestras casas deberían romper con el orden vertical que le dan los pintores al pintar las paredes, cosa que empezamos a notar un breve cambio en lo mostrado. Si los pintores de brocha gorda dibujaran una flor o algo parecido en la esquina superior derecha de la primera pared de alguna casa, otra sería la fachada; más alegre caminaría por las veredas, o en su defecto, por tu vereda.

Diez, quince, veinte pisos con harta gente en su interior. Desde el ultimo piso se pueden ver techos, feos techos; es que es cierto, Lima tiene feos techos: esteras, madera, basura, bicis viejas, muñecas sin un ojo, peluches cojos o mancos, recuerdos que se posan encima de nuestras cabezas (no adentro). Lima a veces es naranja, harto ladrillo; a veces gris, hartas fachadas y casas tienen este color. Si algún día a alguien se le ocurre contrastar cromáticamente el cielo con la fachada de su casa, ese día la gente puede reaccionar de dos maneras: 1) ¡qué huachafo es el vecino! y 2) ¡qué paja ese color, le da alegría a esta calle!

Lima es la luna (mi calle está parchada), Lima tiene cielo triste, tiene techos tristes y fachadas sin una flor o cosa parecida en la esquina superior derecha; justo donde se forman los 90°.
Si esta ciudad tuviera más colores, otra sería la historia y otras las alegrías. De veras.