domingo 1 de junio de 2008

Arte y espacio público

Francamente, son pocos los espacios públicos no comerciales en Lima en los cuales uno puede caminar, distraerse y gozar de algunas expresiones artísticas un domingo por la noche. Pasa eso con el Parque Kennedy en Miraflores, donde distraer la vista no sólo implica lo cosmopolita que resulta el lugar, sino también implica distraer el resto de sentidos: hay música en la rotondita, bailas, canchita por todos lados, pintura y exposiciónes fotográficas.

Intencionalmente hoy me crucé con este pequeño bailetón multigeneracional en la pequeña ágora ubicada en el centro exacto del mencionado parque, lugar preciso para exhibir lo mejor de nuestro swing. Aunque la foto muestra cierta dureza corporal de estos ocasionales bailarines, lo importante de este hecho es la significación que se le brinda al espacio público como un lugar de interacción social, un entorno en el cual las personas saben qué cosa encontrarán y al menos, a quiénes encontrarán. El cuadro muestra a dos tipos distintos de actores: 1) los observadores y 2) los observados, que de una u otra forma comparten e intercambian estos dos roles dependiendo de cuán animada resulte la música. En ese plano, considero que estos espacios resultan gratificantes porque ayudan al fortalecimiento de una sociedad que a veces carece de la interacción conjunta en este tipo de espacios.

Hay que entender al espacio público no como un simple lugar en el cual existen bancas, árboles, flores y demás parafernalia distractiva; sino también como una extensión de la sociedad, como un espacio en el cual las redes sociales se incrementan y se fortalecen con la interacción; donde la subjetividad y la intersubjetividad marquen una diferencia clara respecto a la cultura del fierro y del cemento. Este espacio público debe funcionar como un elemento que coadyuve a las demás instituciones sociales y culturales, mejor aun si se conjuga esta interacción con expresiones que representen al grupo heterogéneo que circula un domingo por ahí, es decir, que el rostro que muestre proyecte el propio ser de ese grupo, parafraseando a Simmel.

Las variantes que muestra el parque abarcan las exposiciones fotográficas sobre la multiculturalidad del Perú (aunque explícitamente no digan eso en ningun tipo de anuncio), el mundo visto desde arriba y los cuadros, con distintas técnicas y estilos, que flanquean la Avenida Diagonal. Recalcando lo último, no hay nada mejor que un cuadro te observe mientras uno circula por la vereda del frente o pasa en algun vehiculo; obviamente humanizando por unos segundos al objeto, que termina siendo un campo por la significación simbólica del contenido cultural que posee.
Parte del escenario somos todos, los que circulamos y observamos lo que nos muestra el artista: cuadros que proyectan lo informal, lo cotidiano, lo tradicional, retratos, caricaturas y otras mezclas que nos confirma que la retroalimentación en el arte es un proceso natural de los que lo practican. Ahora, la figura se vuelve más interesante porque el Parque no es simplemente un espacio resignificado por las personas para fines estrictamente cotidianos, sino también un espacio en el cual se conjugan estas expresiones que apoyan el fortalecimiento de la vida cultural de los que circulan por ahí.

En fin, los espacios públicos en nuestra gris capital no simplemente deben estar representadas por parques con bancas de cemento y sin espaldares, con pasto para el fulbito o espacios eventuales donde se le brinde una significación sosa, sino también por este tipo de espacios, en los cuales de gusto poder caminar, observar y escuchar lo que nos fortalece como individuos. Otro aspecto importane es la promoción e incentivo que le brindaron a los artesanos cusqueños para ofrecer y vender sus productos, en un espacio estrategico: en la berma central de la cuadra 1 de José Pardo, frente a Saga Falabella. Genial la idea de poder constrastar el trabajo de la mano y su habilidad para crear cultura frente a un representante de lo que se puede considerar, en términos de Bauman, lo líquido; es decir, de lo fugaz y momentáneo del consumismo.

Bueno, es rescatable y resaltable la (re)producción simbólica y social de este espacio. Si existieran más espacios como éste en Lima, dejaríamos de ser una ciudad gris y tomaríamos al color como un elemento que motive nuestros inviernos. Ojalá por ahí otras municipalidades generen políticas culturales que ayuden a desarrollar sus espacios públicos. Más de estos sitios por favor.