La última semana estuvo marcada por varios hechos de mucha importancia, pero principalmente la guerra mediática dedicada a Laura Bozzo por los testimonios (entendidos como forma de poder simbólico expresado a través del lenguaje) comprados a personas que fungieron de panelistas-víctimas de una dramaturgia que representa las formas como algunos medios de comunicación explotan los problemas sociales a manera de producto y contenido audiovisual.
El hecho fluctua desde el submundo imaginario de la autora de estos temas y representa algo así como rasgos de su propia personalidad (al igual que el ex-presidente) y la definen como alguien tan capaz de lucrar y exponer los propios dilemas de personas que simbólicamente representan a los sectores populares de Lima. En ese sentido, el hecho de vender imágenes violentas con testimonios valorizados económicamente hacen que la validez de la información y de la supuesta solidaridad para con los panelistas se envuelvan en legajos de ilegitimidad que busca generar un goce en la subjetividad de la conductora.
Las estrategias como ambos personajes han maquinado sus actividades varian desde distintos puntos de vista. En el caso de Laura Bozzo, el mismo hecho de comprar testimonios y recrear violencia en el set hasta el punto de exaltar los ánimos de su propio público presente la convierten en la dueña del circo romano. La imagen masificada de esta violencia a través de la televisión genera expectativas en el público consumidor de este tipo de programas haciendo del mismo un instrumento del goce de la conductora justificada con una ayuda social.
Para Lacan, la perversión no es una simple desviación de la norma o de la moral sino una estructura en la cual el sujeto se objetiviza como el instrumento de la voluntad de goce del Otro[1], de esto se deduce que la objetivización de ambos personajes se realiza dentro de sus propias estrategias: vender violencia mediatizada disfrazada por una supuesta solidaridad y gobernar violando derechos fundamentales disfrazado por una democracia inexistente. De hecho, ambos tienen rasgos muy parecidos desde esta categoría, porque logran poner en stand by el orden que debería mantenerse.
En ese sentido, el cinismo va de la mano con el sometimiento de la singularidad al imperativo del goce del mercad[2]. Vale decir, al ser un programa con público consumidor y con auspiciadores, habría que venderles el goce de ver a un número de personas discutiendo y peleando sobre temas que identifican a muchos, al mismo tiempo el ex-mandatario emanaba su cinismo con una risa ladeada al pronunciar: "disolver". Lo peor de todo es escuchar un masificado: "pero si en todos los gobiernos roban".
Otra semejanza se encuentra en las circunstancias en las que se desarrollaban los hechos problemáticos que envuelven a ambos personajes. Fujimori niega conocer al grupo Colina y a la gente que administraba el gobierno en su período, lo cual demuestra su cinismo; al mismo tiempo que Laura Bozzo también niega conocer la farsa que se armaba para producir sus programas diarios. Esta semejanza me parece la más peligrosa porque proyecta una imagen de personas públicas dispuestas a transgredir las normas para alcanzar objetivos que generen un placer a través de la exposición pública de otras personas y de la negación de hechos graves que debilitan la memoria colectiva de la población.
Aun peligroso también es la justificación de un asistencialismo ligado al cinismo: "más vale ladrón conocido, que ladrón por conocer." De todas maneras, este refrán envuelve a la política en general y a los personajes que están cerca de ella. Cuidado!












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